lunes, 21 de febrero de 2011

Maga verdadera, falsa maga (y II)

Hay algo de obsceno en el agua nocturna, pero también un algo de miedo cerval, primigenio. El agua nocturna invita casi siempre en verano y tras unas copas a internarse en lo profundo, en el abandono sin ropa, sí, pero es una invitación en cierto modo peligrosa, quién no ha sentido un leve temor al sumergirse en el agua negra y desnuda, como si monstruos sin nombre pulularan por allí, claro que es ésta una sensación pasajera, que sólo deja un leve poso de intranquilidad. No permanece. Si bien es cierto que esto sucede principalmente en el mar, incluso en un lago, pero no en una piscina aunque ésta tenga las luces apagadas. Y sin embargo. Porque lo obsceno y lo cerval sí que estaban allí en el agua con Luna esa noche, porque Luna me ponía literalmente la carne de gallina, toda ella riendo y salpicando, como un pez en la oscuridad, como un pez en la oscuridad, brillando sus dientes y su piel pálida apareciendo y desapareciendo y relumbrando.

No voy a engañar a nadie. Ninguno de estos pensamientos surcaba mi mente en aquellos momentos, claro, entonces sólo un ansia, una indecisión, un sentimiento torpe y borracho que me atenazaba la cabeza, las extremidades, todo, ese momento previo a perder el control cuando una mujer (una mujer) está ahí, y todo está ahí, y el cerebro tan sólo acierta a disparar un reacciona, reacciona, vamos, cabronazo, reacciona de una putísima vez ya, y ni por esas. Supongo que como todo el mundo yo, entonces, y guiado tal vez por el instinto o por la ginebra (esto nadie lo sabe con certeza nunca), me acerqué torpemente entre juegos y chapoteos, abracé a Luna torpemente entre juegos y chapoteos, ella escapó de mí riendo una, dos, tres veces, como un pez en la oscuridad, resbaladiza inaprensible veloz, todo eso, y a la cuarta o quinta o qué se yo ya sí, ya su boca en mi boca, ya mi mano en su pelo, mientras escuchaba su respiración cerca y lejos, muy lejos, sonaba la música machacona de la fiesta del chalet que entonces parecía estar a cien mil millones de años luz de nosotros.

Nunca he vuelto a echar un polvo sobre la hierba húmeda y bajo el cielo estrellado. La oscuridad de un pueblo en las afueras de Madrid, y un cielo milagrosamente limpio, y la ausencia de Luna en el mismo, y la presencia de Luna en la Tierra, lograron una Vía Láctea inusitadamente luminosa, capaz de traspasar su pelo y mis ojos, capaz de hacer brillar sus hombros sobre mí, ella cabalgándome con furia, sin palabras, yo intentando retener cada momento, cada jadeo, anticipando casi con dolor (y con certeza) el momento en que todo aquello acabaría, el Final, porque algo tan bueno y tan potente no puede durar mucho, eso lo sé bien, y es que si cosas así fueran duraderas, la raza humana enloquecería sin duda. Y no hay más.

Y de verdad que no hay más, al menos que se pueda contar con palabras, no hay más, sólo esa noche maravillosa transmutada de repente en la luz del mediodía caluroso del día siguiente, yo solo conmigo mismo abriendo los ojos en un sofá, lo recalco, yo solo, es decir, solamente yo, con una resaca de las buenas, con la espalda llena de barro, con la garganta en un puño y el corazón encogido de repente y pensando qué coño hago aquí.

Y cuando digo que no hay más es que busqué a Luna por el panorama postapocalíptico que ofrecía el puto chalet aquel, primero con alguna esperanza, luego ya sin ninguna y por supuesto sin ningún éxito, luego desayuné una cerveza, luego vomité, luego me pegué un baño en la piscina triste y diurna, y mientras tanto intenté preguntar a algunos de los desconocidos fantasmas que encontré, que si Luna, que si la conoces o sabes quién es o dónde vive o dónde está, o lo que sea, quién, Sí, una chica delgada, así con tatuajes, No, claro, camarera, No, vale, ¿Hunter qué Thompson?, No, claro. Y así sucesivamente y mi móvil por supuesto empapado aún e irrecuperable, y hasta Joaquín se había largado y tampoco nadie le conocía a él. No hay más, sólo volver en un autobús después de una buena media hora de caminata por una carretera polvorienta y al llegar a Madrid intentar dormir un rato.

Y yo creo que Maga Verdadera porque desapareció la muy puta, así, esfumada, nunca más se supo y es más, aún hoy a veces Joaquín me pregunta qué te pasa, Amador, que parece que estás en la Luna, y yo le contesto joder, no lo sabes tú bien. No lo sabes tú bien.

martes, 18 de enero de 2011

Maga verdadera, falsa maga (I)

Luna se llamaba, un nombre extraño, bello, sí, pero extraño, e indicativo al menos de dos cosas: una, que sus padres se habían en cierto modo excedido intentando ser originales, alternativos, modernos o qué se yo, y dos, que si el nombre puede de alguna impenetrable manera afectar a la personalidad, ella era la prueba viviente de ello. O tal vez sólo la prueba de que unos padres de alguna manera irresponsables y pretendidamente originales pueden hacer que una Luna no sea como una María o Lola o Sofía, sino como una Luna: es decir, misteriosa, inaprensible, o simplemente fría y lejana, quién sabe.

El caso es que Luna fue o es, en dicción de mi amigo Joaquín (y mía, que para algo inventamos entre los dos aquella Teoría) una maga o más bien una falsa maga, aunque en el caso concreto de Luna aún no me he decidido, si bien es cierto que tira más para falsa maga, y esto sin saber del todo aún cuál sea la peor clase de mujer, si la maga verdadera o la falsa maga. En esto le doy la razón a Joaquín, que tiene sus dudas, justificadas claro y cautas, además de bien formuladas: la falsa maga es completamente insoportable, pero previsible al fin y al cabo, y pasado un tiempo inspira sólo lástima o irritación. La maga verdadera, en cambio, es mucho más peligrosa: puede generar rechazo al principio, sí, pero luego simplemente te destroza la vida, porque sus tonterías no son tonterías sino que verdaderamente son hechos excepcionales, y uno sólo es un pobre diablo que busca la paz y no una mujer terrible y destructiva, como una diosa furiosa, frágil, que empapa de magia todo lo que toca para luego romperlo en pedazos.

Claro que, y para el que no lo sepa, la Teoría de la Maga Verdadera y la Falsa Maga no se refiere a los magos como casta ni a la Magia en sí, sino que está tomada de una novela de Cortázar, y esto sólo como antecedente, porque la Teoría en sí no tiene nada o casi nada que ver con Rayuela ni con tantas otras cosas, vamos, que es sólo la idea, la imagen, el concepto, y menos mal que Cortázar está muerto, que si estuviera vivo seguramente vendría y me daría de hostias, por pretencioso y por estúpido.

Así las cosas, y sin entrar definitivamente en si Luna era o es una maga verdadera o sólo falsa maga, lo que yo quería contar es la historia de cómo Luna, la mujer a secas, cuando aún no estaba en proceso de clasificación, entró y salió de mi vida como un rayo trémulo, rápida y bastante dolorosamente. Entró rápido y salió más rápido aún, pero al irse se llevó un trozo de mí, un pedazo tierno y sanguinolento, calculo que del tamaño aproximado de una manzana o quizás del de una pelota de tenis.

Tenía Luna los ojos como los de Sasha Grey, grandes, húmedos, lascivos, y esa piel blanca que es promesa de blandura aunque sea luego como el mármol. En su forma de moverse, de hablar, se apreciaba rápido su inteligencia afilada, dúctil, y también su estupidez, porque, y para el que no lo sepa todavía, se puede ser a la vez estúpido e inteligente, como el sabio puede ser ignorante y viceversa. Joaquín, al conocerla, esa misma noche al lado de la piscina me dijo “Ten cuidado con ella”, y lo dijo enarcando una ceja y con sorna, lo cual no deja de ser intrigante, ya que cuando Joaquín enarca una ceja es sólo para hablar en serio o de cosas serias; y es que habría mucho que interpretar en ese gesto, eso seguro.

Los recuerdos que tengo de Luna aquella primera noche son confusos y oscuros, algo que no es de extrañar en esas noches turbias, ésta en concreto en casa de alguien indeterminable, la amiga de un amigo de un amigo pero eso sí, el chalet precioso, enorme, con piscina y exhibiendo una cuidada selección de bebidas. Recién llegado fui a echarme una copa y allí estaba Luna, que aprovechando mi torpe y excesivamente sobrio inicio conversacional me confesó su nombre y su profesión, Luna y camarera, así lo recuerdo de claro, y yo me dije, “Amador, no sé que tienes con las camareras”, pero vaya si lo sé, y es que me cuesta recordar alguna mujer de las que he conocido (en sentido bíblico) que no fuera camarera: Belén, la argentina alta y morena de mirada triste, o aquella rubia chiquita de las trenzas primorosas cuyo nombre nunca supe, y etcétera, vamos, que por un motivo claro y sangrante dependo en cierto modo de ese oficio y en fin, que soy hombre de camareras.

Pues entre una copa y otra y algo de charla inicial allí estaba Luna, con sus brazos tatuados y también su pecho tatuado, que se entreveía debajo de la camiseta suelta aquella, veraniega, mientras yo refrescaba la noche a base de gintonics. No es que tuviera demasiados tatuajes, pero sí algunos y llamaban mucho la atención, aunque a mí a esa hora y por el tercer gintonic lo que me llamaba era Luna en sí, el pack completo, vamos, sobre todo cuando esos labios carnosos comenzaron a decir cosas interesantes e incluso cosas muy interesantes, que si la poesía de tal o cual o Hunter S. Thompson, que si la primera etapa de Gerardo Diego, que si socialismo y en ésta yo ya atragantándome con la ginebra, a medias por el pecho tatuado entrevisto y a medias por el socialismo en sí. Luego ella se internó más en la poesía y comenzó a hablar de sus poemas y en esas llegó Joaquín, que sabe como yo que hablar de poesía es soporífero, sobre todo de la propia, y miró a Luna, me miró a mí, y su mirada decía “falsa maga, falsa maga”. Y Luna entonces se quitó la camiseta y en bikini dijo que se iba a dar un baño, que si íbamos con ella, y se zambulló en la piscina oscura, sin luz y fue entonces cuando Joaquín enarcó la ceja, sonrió cínico y me murmuró: “Ten cuidado con ella”. Por toda respuesta, y ya era en sí una respuesta, sin duda, dejé el vaso en el suelo y con ropa y todo me tiré a la piscina, y nunca mejor dicho.

martes, 7 de diciembre de 2010

El escaramujo también

Poca gente puede identificar con claridad
el impulso primero, inevitable
que les llevó a escribir.

Yo sí puedo.

Fue a mis trece o catorce años.
Quedé hondamente impresionado
cuando un amigo, mayor que yo,
(arrastraba ese aire bohemio e inseguro
de la adolescencia tardía,
y se hacía el entendido
en ginebras y noches,
siempre con un cigarrillo encendido)
me enseñó sus poemas.

Eran poemas a la mujer primera,
y, en uno de ellos,
cada estrofa terminaba con el siguente verso:
"el escaramujo también".

Ni aún hoy, ya más de diez años después
he averiguado qué cosa sea un escaramujo.
Pero ese verso me emocionó profundamente.
Ese verso ha estado ya más de diez años
en mi cabeza, como una semilla
tierna y literaria,
y ha germinado y ha crecido y ha dado frutos.

Sólo me falta que alguien, al leerme,
encuentre una semilla en mis letras:
y luego, y aunque de otro (pero para siempre)
ese árbol será siempre mío.

Y el escaramujo también.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El cuestionario de una sola pregunta

Hazte una pregunta.
Y sé sincero en la respuesta.
¿Así es como te imaginabas la vida?
Piensa antes de contestar.
No te apresures.
Recuerda primero
cómo eras a tus quince, a tus dieciséis años.

Recuerda aunque no quieras.
Vuelve a sentir esa fuerza en los puños,
como mil amaneceres,
y un sol en cada pupila:
y lo malo, muy malo,
y lo bueno, muy bueno.

Recuerda
todo lo que hiciste
(que no querías)
y todo lo que no hiciste
(cuando podías).
Recuerda cuántas excusas has dado.
Y cuántas más has recibido.
Casi todas falsas,
casi todas.

Ahora, mira a tu alrededor.
Lo que ves, lo has creado.
Lo que no ves, lo has permitido.

Es terrible,
¿No crees?

lunes, 25 de octubre de 2010

El progreso

El avión llega, os agarra por los pantalones y os escupe en Bagdad, Samarkanda, Beluchistán, Fez, Timbuctú, tan lejos como os lo permita vuestro dinero. Todos estos lugares antiguamente extraordinarios, son en nuestros días pequeños islotes flotando en el tempestuoso mar de la civilización. Sus nombres sugieren materias primas: caucho, estaño, pimienta, café, piedra de esmerilar, etc. Los indígenas son pobres desperdicios, explotados por el pulpo de la civilización cuyos tentáculos parten de Londres, París, Berlín, Tokio, Nueva York, Chicago, para extenderse hasta los confines helados de Islandia, hasta las extensiones salvajes de la Patagonia. Las pruebas de esto que se llama civilización se amontonan como estiércol en todos los lugares donde llegan sus largos tentáculos viscosos. Nadie se encuentra civilizado, nada se encuentra profundamente cambiado en el sentido verdadero de la palabra. La gente que antiguamente comía con los dedos, lo hace ahora con cuchillos y tenedores; algunos tienen luz eléctrica en sus chozas, en lugar de la lámpara de petróleo o la llama de la vela; otros tienen catálogos de Sears-Roebuck y la Santa Biblia en sus estantes, donde antes tenían la carabina o el mosquete; otros tienen relucientes revólveres, en vez de garrotes; los hay que emplean monedas en sus transacciones, en lugar de conchas marinas; otros llevan innecesarios sombreros de paja. Pero todos están inquietos, insatisfechos, envidiosos y su corazón sufre. Todos tienen el cáncer y la lepra en el alma. A los más ignorantes y a los más degenerados se les ordenará echarse al hombro un fusil, y luchar por una civilización que sólo les ha traído miseria y degradación. En una lengua que no pueden comprender, el altavoz aúlla los comunicados desastrosos de victoria y derrota. Es un mundo loco, que parece aún más loco que de costumbre cuando uno se siente despegado de él. El avión trae la muerte; la radio trae la muerte, la ametralladora, las latas de conserva, el tractor, las escuelas, las leyes, la electricidad, las instalaciones sanitarias, el fonógrafo, los cuchillos y tenedores, los libros e incluso nuestro aliento traen la muerte; nuestro idioma, nuestro pensamiento, nuestro amor, nuestra caridad, nuestra higiene, nuestra alegría... No importa que sean amigos o enemigos, como importa poco que les demos el nombre de japonés, turco, ruso, inglés, alemán o americano, por cualquier parte que vayamos, proyectemos nuestra sombra o respiremos, llevamos el veneno y la destrucción... ¡Hurra!, gritaba el griego. Yo también chillo: ¡Hurra! ¡Hurra por la civilización! ¡Hurra!¡No dejaremos a títere con cabeza, mataremos a todos, se encuentren donde se encuentren! ¡ Hurra por la muerte! ¡ Hurra! ¡ Hurra!


Henry Miller, El Coloso de Marusi

martes, 12 de octubre de 2010

Plomo

Hoy, desde las cinco de la mañana,
ha estado lloviendo.
No ha venido la aurora.
El día ha amanecido de plomo.

La lluvia es algo bello, sí;
pero no cuando comienza en la oscuridad
y se arrastra subrepticia y gélida.
No cuando le recuerda a uno
otro plomo, recibido en otros lugares o tiempos
(o en éstos)
por amigos y enemigos,
compañeros, camaradas,
o por traidores y malvados.

Suele darse en dosis de nueve gramos.
Trae el frío y la negrura,
como la lluvia incansable de hoy.

Siempre arranca lágrimas.
Las derrotas que inflige son amargas.
Pero las victorias también.

Sigue lloviendo. Está oscuro.
Parará. No parará.
Cuando sopla el viento a veces
las gotas golpean mi ventana.
Como la ráfaga de una ametralladora.

Es negro el día, hoy.

domingo, 3 de octubre de 2010

Lo que vine a decir

He venido a decir muchas cosas:
pero digo muy poco.
Estoy madurando las palabras.
No quiero ser imprudente
o descuidado
y arruinar así
lo que vine a decir.

Saldrá como un grito tenue.

viernes, 27 de agosto de 2010

AMADOR CEA (De Coronel, Chile, 1949)



Como habían detenido a mi padre
y pasó el Presidente que elegimos
y dijo que todos éramos libres, yo pedí que a mi viejo lo soltaran.
Me llevaron y me pegaron todo un día.
No conozco a nadie en el cuartel. No sé, no puedo
ni recordar sus caras. Era la policía.
Cuando perdía el conocimiento, me tiraban
agua en el cuerpo y me seguían pegando.
En la tarde, antes de salir, me llevaron
arrastrando a una sala de baño,
me empujaron la cabeza adentro de una taza
de W.C. llena de excrementos. Me ahogaba.
“Ahora, sal a pedir libertad al Presidente,
que te manda este regalo”, me decían.
Me siento apaleado, esta costilla me la rompieron.
Pero por dentro estoy como antes, camarada.
A nosotros no nos rompen sino matándonos.

Pablo Neruda, Canto General

miércoles, 18 de agosto de 2010

Plástico

A veces al comienzo de la noche
con dos latas de cerveza vacías sobre la mesa
y otra a medio beber
y un cenicero con dos colillas
y un cigarrillo a medio fumar
el alma la pulsión el rayo
lo que sea
no sabe si entrar o salir de mi cuerpo.
Es la tristeza.
Una tristeza leve y escorada,
como de mithril.

Suena Black Sabbath,
de fondo.

Las ideologías, en este momento extraño,
todo lo que mastico y pienso,
mis cuitas que a nadie importan
(porque no son importantes)
parecen hechas de plástico barato.

Y seguramente ésa es su sustancia.

Cuando los periódicos no sean de papel
ni los libros
en ese preciso instante
espero estar muerto.

A veces al comienzo de la noche
pienso:
“Si tu piel tocara mi piel ahora...”

Pero tu piel no está conmigo

lunes, 16 de agosto de 2010

La primera vez (2003)

Viejísimos cuadernos siguen mostrando ocultas sorpresas; como muestra, este poema, del año 2003. Ha llovido bastante desde entonces. No creo que la persona a quién estaba dedicado ésto se dé por aludida; pero ahí queda.

LA PRIMERA VEZ

Siempre te recodaré
como la primera vez;
el parque, en la noche,
tu sombra, mi busca...

Tú fuiste la primera
y aún guardo en un rincón
profundo
tu rojiza
melena, destilada
de caoba y de fuego,
de razón de ceniza.

En ceniza me dejaste,
tremenda, como hacéis
todas, como todas las veces.
Pero siempre
te recordaré
como la primera vez,
niña, sombra de noche,
pasión compartida,
rabiosos latigazos,

y tú,
y yo,
como caballos desbocados

lunes, 9 de agosto de 2010

Empty sky


"I woke up this morning
to the empty sky"

BRUCE SPRINGSTEEN



Un día te levantas
y ya no hay nada en el cielo.

La cabeza crica-crica-crica
como un resorte quebrado y muerto.
Vamos a recorrer las calles:
calles desnudas y grises, calles
que mueren
y ordenan hacerse el muerto.

Porque parece el día
una negrura sin aliento,
con su maltrecha carne,
con su piel de cemento,
la cabeza crica que te crica

y ya no hay nada en el cielo.

viernes, 6 de agosto de 2010

La acusación


Algunos me acusaréis de ser comunista.

Diréis que no creo en la Libertad:

Habladle de libertad
al niño que llora de hambre


miércoles, 4 de agosto de 2010

Barato y triste


Dejando de lado esos otros temas insulsos y serenos,
los versos / la poesía / la canción
deben partir únicamente
del corazón y del bolígrafo,
o del licor o la cerveza barata.

(Es lo que corresponde a un amor barato y triste,
como lo fue el mío. Un amor apagado
y sincero, como son sinceros los anocheceres
o las derrotas. Un amor descuidado,
de ceniza caída fuera del cenicero
al sacudir descuidadamente un cigarrillo).

Un amor de segunda clase.
Los trenes seguirán partiendo,
seguramente /ahora con vagones sólo de tercera.
Con pasillos oscuros, tapicería raída,
y viajeros de rostro desencajado
sin un atisbo de esperanza.

(Es lo que corresponde / a un amor barato y triste,
apagado y sincero, como lo fue el mío).


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(Invierno de 2008. Los viejos cuadernos a veces ocultan sorpresas).

lunes, 19 de julio de 2010

Las colinas de Buda

Publico aquí una pequeña joya literaria, cortesía de mi gran amigo y compañero Gerardo Santana. Este relato tiene un amargo regusto húngaro y una nostalgia profunda que a mí, personalmente, me encanta. Disfrutadlo.

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Las Colinas de Buda
por Gerardo Santana

Cuando te fuiste y cerraste la puerta, allá dentro sólo quedó la soledad. La soledad y cascos vacíos, y vasos, y tazas, y cubiertos, y una cafetera de ingeniería soviética. Y camas, y sillas, y una vista de Pest y de Buda, y alguna cosa más que siempre será mía sin haberlo sido nunca.

Encendí un pitillo, abrí la ventana junto a la cama deshecha. En esos momentos en que hay tanto que pensar uno al final no piensa nada, simplemente mira, gira la cabeza, se refugia bajo la techumbre de algún pensamiento irrelevante, miedoso de que le aplaste alguno de los monstruos gigantes que pasan por allí.

Miré de nuevo. Ahí seguía todo, el patio, la galería del bloque de enfrente, el horrible edificio de oficinas, la cúpula de San Esteban, la estatua del monte Gellert asomando sobre los tejados. Estaban allí como habían estado el día anterior, cuando aún estabas tú, y como estarían al día siguiente, después de que yo también me hubiera marchado. La ciudad permanecía completamente indiferente a mí, indiferente a todos a los que el azar,y al fin y al cabo nada más, nos había llevado allí. Al fondo seguían también las colinas de Buda, el punto más alto de la ciudad. Contaban que desde allí las vistas abarcaban las dos orillas del Danubio y parte de la llanura circundante. Contaban que a aquel lugar sólo se podía llegar en un tren conducido por niños que aún jugaban a vivir, como el niño que había sido yo mucho antes de todo.

Sentí cierta vergüenza por no haber estado allí. Un cierto impulso me llevó a pensar en tomar el tranvía a Moskva tér y conocer el único lugar donde no había estado de los muchos que señalaban las guías. Pronto decidí que no, que permanecería en casa aquella última mañana. Me senté en la cama, encendí el ordenador y escuché viejas canciones de Silvio Rodríguez.

Soy un compulsivo consumidor de kilómetros, miembro de esa fugaz generación a la que los precios del petróleo han permitido viajar a todas partes, a países que no salían en los mapas que estudiaron nuestros padres. Por ello sé que hay lugares que son mejores cuando no se ha estado nunca, que hay mucho que perder cuando se rompe esa ensoñación, esa ilusa mentira con que los hombres han imaginado los lugares desde antiguo.

Un sucio ruido a borbotones salió de la cafetera de ingeniería soviética. Me serví otro café, me fumé otro cigarro, volví a evadir pensamientos mientras sonaba “A dónde van”. Pensé de nuevo en las colinas de Buda, ese sitio de ahí enfrente adonde había que llegar en un tren conducido por niños, ese lugar donde no podían existir las hipotecas ni la crisis, donde no había que terminar la carrera ni buscar trabajo, donde no cabían actos inexplicables que tratar de entender ni puñaladas en el alma de las que sobreponerse. Un lugar que no estaba ni dentro ni fuera de la ciudad, sino simplemente encima, desde el que se veían las fábricas de Újpest, la decadencia austrohúngara de la calle Andrássy, los bloques de hormigón de Köbánya, la burguesía unifamiliar de Buda, los turistas japoneses cruzando el Lánchíd. Ese lugar que se veía desde mi ventana y desde el que mi ventana se vería también, ese ojo de un dios pagano que miraba sin juzgar las esquinas más felices de mi vida.

Me imaginé por un momento allí, enfocando la vista para divisar el feo edificio de hormigón donde vivía, entre aquellas calles del distrito VII que me habían visto perderme entre el frío desgarrador y la nieve de los martes de enero bajo la oscuridad de las farolas tenues. Me figuré en aquellas colinas girando la vista para buscar uno a uno los lugares de aquella ciudad que me habían hecho feliz sin saberlo. Allí estaban todos, estaba el Szabadság híd en el que me detuve para mirar el Danubio cada mañana que fui a la Universidad, estaba el parque junto al Gödör en Deák tér, estaban los monumentos que sólo visité cuando amigos venidos de mi vida madrileña aterrizaron para sacarme de mi letargo, estaban tantos otros lugares anónimos, callejuelas, patios, tiendas, tugurios, cuyo conjunto formaba la materia prima de la ciudad que amé.

Me vi allí, encaramado sobre aquel cielo húngaro, buscando entre las llanuras los raíles de los trenes que tomé, escudriñando a ver si, desde aquel lugar tan alto, alcanzaba a ver aquellas poblaciones húngaras donde los carteles no estaban en inglés ni había consultorías de PricewaterhouseCoopers. Me imaginé siguiendo el cauce del Danubio, forzando la vista, entornando los ojos, tratando de divisar a lo lejos, allá donde todo estaba borroso, el lugar donde aquella llanura empezaba a hablar otras lenguas, la orgullosa urbe de Belgrado, el punto donde el territorio empezaba a empinarse formando los Cárpatos, Chisinau, Kiev, Minsk, Yereván, todo lo que había en ese trozo de trozo del mundo donde aún quedaban cosas ajenas a eso que hombres con traje llaman progreso.

Fui a la cocina a vaciar el cenicero. Abrí la nevera, había dos dientes de ajo, medio limón, un bote de ketchup y un yogur caducado. Bajé a comer algo en un restaurante del barrio, uno desconocido donde no había estado nunca. El camarero del bar de abajo me invitó a una Dreher de despedida. Creo que me acosté pronto.

No, no subí a las colinas de Buda, nunca he estado allí. Sin embargo, desde ese día estoy seguro de que ese lugar es exactamente como yo lo imagino, un mirador elevado sobre todos los rincones de mi vida. Por eso, aún muchos días al desayunar, me asomo a mi ventana, siempre orientada al este, y entorno los ojos, buscando ávidamente a lo lejos, entre las nubes, allá detrás del Mediterráneo, unas colinas altas y verdes sobresaliendo tras los Apeninos. Vaya, hoy tampoco las he visto... quizá mañana esté más despejado.


Gerardo Santana

miércoles, 7 de julio de 2010

Como un niño




Algo me preocupa.

Porque veo las imágenes
de lo que sucede en Atenas
y me siento alegre, como un niño.
Los trabajadores griegos
lanzan piedras
señales de tráfico
cócteles molotov
y golpean con gruesos palos a la policía.

Los helenos han dicho basta;
y yo me río y me regocijo,
casi nervioso de la excitación,
como un crío.

Incluso con tres muertos a cuestas.

Y me pregunto:
¿me convierte eso en una mala persona?

Y seguramente sí.